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SEMBLANZA DE SONSOLES
José Miguel Castelo Matrán Querida Sonsoles, Gracias por haber pedido permiso en el Cielo para venir a la inauguración de la Fundación que lleva tu nombre. Dile a tus compañeros que no te vamos a entretener mucho, que la película de dibujos animados que les estabas poniendo, la terminarán de ver mañana, además, les podrás contar todo lo que estamos dispuestos a poner en práctica siguiendo las pautas que tú nos enseñaste. La verdad, Sonsoles, es que nos acordábamos mucho de ti. Al principio, cuando te despediste de nosotros, creíamos que no era más que un “hasta luego”, pero a medida que los meses fueron pasando tu ausencia se nos hizo más dura, nos faltaba algo, nos faltaba todo. Fue entonces cuando nuestros ojos se abrieron y descubrimos que de otra forma, pero no menos real, seguías estando en medio de nosotros, que no nos habíamos quedado huérfanos de ti: comprendimos que lo que hiciéramos con uno de los tuyos lo hacíamos contigo. Y aquí nos tienes reunidos con más amigos que nunca y felices, porque el cielo que un día nos pareció que nublado te ocultaba, hoy es un puro rayo de sol, Sonsoles, que ilumina cosas y personas que antes no llegábamos a ver con tanta claridad. Y esto mismo, Nicolás, es lo que te decía con otras palabras tu amigo el sacerdote jesuita Manuel Segura: “Dios nos envía de vez en cuando ángeles para que convivan con nosotros; a veces, no sabemos reconocerlos hasta que se van. Afortunadamente – continuaba en su carta – ése no ha sido el caso vuestro con Sonsoles, pues desde el principio supisteis reconocerla como lo que era: una Gracia de Dios “. La carta iba dirigida a ti, pero terminaba utilizando el plural, “supisteis reconocerla” los cuatros: Georgette, tú, Jorge y Verónica ... y todos lo que tuvimos la suerte de conocerla “con su alma limpia, con su cuerpo herido!, como dejó escrito el poeta y amigo Antonio Portero en el maravilloso soneto que compuso para Sonsoles. Ayer, ¡ silencio!, un ángel ha huido en cofre de rosas con alas de lirios, con brillo de perlas y bramar de ríos, con su alma limpia, con su cuerpo herido. Ayer, a los pies de aquel albo nido donde el alma duerme los silentes fríos, me paré a pensar: los muertos son míos, porque como tú, quedaré dormido. Mas no fuera cierto, tú ya eras esencia, ángel de cristal , luz que nos da vida; por eso al volar dejaste la huella. Este tu callar sin sentir ausencia, vivir sin estar, estar siempre asida hasta tu partir, hasta ser estrella. Ayer, en silencio, echaste a volar. Y de tu silencio, Sonsoles, quiero hablar, porque hay silencios y silencios. Hay un silencio que es pura ausencia y hay un silencio que es plenitud, más allá del umbral de lo múltiple. Más allá de este umbral la palabra se disuelve en el silencio: los místicos de todas las religiones nos lo han enseñado. La palabra que ilumina nace siempre del silencio como el relámpago de la nube. El sentido acústico de la palabra no es el de transmitir, es el de comunicar, es el de revelar aquello que está más allá de la palabra. Y ese era tu silencio, Sonsoles, con el que nos hablabas con todos los poros de tu cuerpo, con un lenguaje que todos en tu casa comprendían y que algunos por no estar a su altura no llegábamos a comunicar, sino tan solo entender con dificultad. Voy, pues, a terminar. He querido mucho a Sonsoles, pero no me preguntéis cómo era; solo sé que su mirada y su sonrisa permanecerán siempre en mi corazón. Si me preguntas quién es Dios, decía San Agustín, no lo sé; pero si no me lo preguntas, lo sé. José Miguel Castelo |
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